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"No existe ningún mundo más lindo que el de nuestro Elvis"

Diario- Pablo de Llano 14/08/2017
Memphis se prepara entre un aluvión de "elvismaníacos" para celebrar el miércoles el 40 aniversario de la muerte del rey del "rock"n"roll"
 

"Aquel día, en el Madison Square Garden, Elvis Presley cantó solo para mí. Había 32.000 personas, pero me cantaba a mí. Cantaba Love Me Tender y solo me miraba a mí", jura en Memphis Isabelle Stiveni, seria, conmovida, convencida de que El Rey la miró a los ojos desde el escenario aquella noche y le susurró su más tierna balada de amor.

Es lunes 14 de agosto y faltan dos días para que se cumpla el 40 aniversario de la muerte de Elvis Aaron Presley (Tupelo, 1935). Su legión de fans va llegando. Se espera que pase por Memphis más de medio millón de nostálgicos de Elvis a presentarle sus respetos, a llorarlo como en un velatorio ad eternum ante su tumba en su mansión de Graceland, un espléndido edificio que sigue luciendo magnífico, con su columnata sureña en la puerta de entrada y su amplio jardín sombrío, en la cima de una leve loma al borde del Boulevard Elvis Presley.

Allí encontraron el 16 de agosto de 1977 al mito inconsciente. Desde allí lo trasladaron al hospital, donde se certificó la muerte del cantante más querido de América. Dictamen médico: infarto cardiaco. Trasfondo: un estrepitoso derrumbe personal alimentado por su adicción a la comida y a los tranquilizantes. El Rey en ruinas. Aquel mismo día aciago miles de fans corrieron a Graceland a despedirlo. Los medios los entrevistaban. Uno de ellos dictó: "Seas blanco o negro, seas country o un paleto o un freak, o joven o viejo, de Moscú, de Londres o de Memphis, Elvis Presley siempre será el rey del rock 'n' roll".

Muy muerto, sigue siendo el rey. La revista Forbes prevé que el impulso del 40 aniversario, con la reedición de su triple álbum The 50 Greatest Hits, lo coloque en el número uno de la lista Forbes de Celebridades Muertas con Mayores Ganancias, superando los 27 millones de dólares de beneficios que produjo su legado musical en 2016. Aprovechando la efeméride se pondrá a subasta en eBay el piano Knabe blanco que Elvis compró en 1957 y que había sido tocado en los años treinta por Duke Ellington. Se calcula que el precio de venta del instrumento-reliquia oscilará entre los 2,5 y los cinco millones de dólares.

Por Graceland y entorno pululan miles de sus adoradores. Un alemán de 1,95 metros caracterizado de Elvis se hace fotos sin parar con mujeres; sobre todo jubiladas, las que amaron al semidios de las caderas movedizas cuando eran chicas americanas de bien a las que su blanca sociedad puritana les ordenaba que se tapasen los ojos para no ser poseídas por la lujuria –en realidad el ritmo, el goce musical de vivir que Elvis había aprendido con la comunidad negra de su pueblo en los años donde aún imperaba la segregación–. Oliver Steinhoff se deja querer, acariciar, mira a las damas con engolamiento, les sonríe con la entrañable chulería de Presley. Steinhoff, de 46 años, competirá esta semana en Memphis en un campeonato mundial de replicantes de Elvis. Ve difícil ganar –"¿Un alemán? No creo, siempre le dan el premio a un americano..."– pero es feliz con su peculiar ocupación, a la que se dedica a tiempo completo yendo y viniendo de su ciudad alemana, Hanover, desde que dejó para siempre su trabajo de soldador: "La vida me dio dos opciones: trabajar 40 años para la misma empresa o abandonar esa empresa y ser Elvis Presley. ¿Ok?".

En la ciudad, a medida que se acerca el miércoles 16, crece el bullicio de visitantes en todos los rincones de la memorabia local elvispreysliana, como el estudio Sun Records donde grabó sus primeras canciones el tímido muchacho de Tupelo, el restaurante Arcade donde se chupaba los dedos zampandose pancakes de patatas dulces, la estatua de bronce de Elvis en Beale Street, o el hotel bautizado en honor de la canción blusera Hearthbreak Hotel, aquella en la que el divino Presley cantaba... Well I get so lonely, baby / I get so lonely / I get so lonely I could die... La canción favorita de Lydia Cox, una jubilada de 68 años de Baton Rouge (Luisiana) que desde hace 25 años honra cada aniversario con su visita a la gran Graceland. Su hijo, incrédulo, le pregunta cada vez que sale de casa: "Mamá, ¿qué diablos haces allí una semana entera?". "Pobre chico", dice Mrs. Cox. "Habrá otros mundos, pero no sabe que no existe ningún más lindo que el de nuestro Elvis".